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Brasil y América Latina, parte I (recuerdos de un lejano vecino país)

¿Es Brasil parte de América Latina? La respuesta cambia dependiendo del punto de vista. Si nos ponemos de repente “afuera” de América Latina, como cuando nos pintamos su mapa geopolítico en la mente, muchos hispanoamericanos y brasileños diríamos que sí, claro, por supuesto. Pero, ¿si nos preguntáramos si Brasil pertenece a América Latina desde “adentro”, desde los afectos e identificaciones que tenemos al ubicarnos en alguno de nuestros países de habla hispana –excepto, quizá en Argentina que ha tenido una relación histórica más asidua con Brasil– diríamos lo mismo? Tal vez diríamos que sí y, a renglón seguido, haríamos toda una serie de salvedades: las diferencias en el idioma, en la historia, en la cultura. Y quizá, justo por esas mismas diferencias, algunos dirían que no, que Brasil no pertenece a América Latina. Si esto último lo dijeran los brasileños, no deberíamos extrañarnos como veremos más adelante, en otro post.

Con frecuencia intento recordar cómo percibía a Brasil, cuando no tenía ninguna relación con el país ni con la lengua portuguesa. Este ejercicio no es tan simple, porque hoy en día hablo más portugués que español en mi vida cotidiana. Pero existió una época, no muy lejana, en la que ni el portugués ni Brasil –¡y mucho menos Portugal!– eran en absoluto parte de mi vida. De hecho, si me hubieran preguntado cuando vivía en Colombia si Brasil era parte de América Latina, la verdad, no me habría apurado a decir que sí como lo habría hecho con México o Argentina –los referentes obvios–, Venezuela o Perú.

Desde Colombia, siempre percibí a Brasil con extrañeza. Cuando era adolescente y veía en la publicidad de algunos canales por cable estadounidenses, que se transmitían mayoritariamente en español, frases y palabras en portugués, no sólo no comprendía nada, sino que me extrañaba e incluso me molestaba. Recuerdo muy bien que Sony Entertainment Television mostraba los horarios de los programas en español y en portugués. Había, por lo tanto, unas palabras incomprensibles al lado de “lunes a las 7 pm” que decían “segunda-feira às 19h”. ¿Qué demonios significaba “segunda-feira às 19h”? Me preguntaba. Y me molestaba aún más cuando de repente, en medio de una transmisión en español, comenzaba una sección de comerciales en portugués. ¿Qué se creían? De nuevo, no sólo no entendía nada, como no comprendía por qué a ese canal gringo –que nos sentíamos muy orgullosos de tener, por cierto– le parecía bien mezclar el español y el portugués, como si fueran dos lenguas de un mismo e inmenso país llamado “América Latina”. En realidad, la respuesta a esta pregunta intentaré esbozarla en otro post, por ahora sigamos.

Creciendo en Bogotá, en los ochentas y los noventas, recuerdo tener una noción de que mi país estaba rodeado de otros países con los que tenía cosas en común, comenzando por el idioma. Y, aunque hubiera aprendido en el colegio que los países con que limitaba Colombia eran Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú y, por supuesto, el gigantesco Brasil –que ocupaba prácticamente todo el mapa de Suramérica y que la profesora de geografía desplegaba en el tablero–, jamás se me ocurría pensar, por ejemplo, que el espectacular desfile de carrozas del Carnaval de Río de Janeiro que mi mamá comenzó a ver por televisión justamente desde que conectamos la televisión por cable en los noventa, sucediera en un país “vecino” o “hermano”, como le decíamos a Venezuela. Tampoco se me ocurría pensar que las telenovelas brasileñas, que veíamos dobladas con las mismas voces de las series gringas, fueran hechas en un país “vecino”. Hermanos y vecinos eran Venezuela, Ecuador, Panamá y Perú. Pero, ¿Brasil? La verdad, no se sentía como ni lo uno ni lo otro, aunque el mapa de Suramérica no mintiera.

Y, sin embargo, cuando se trataba de los campeonatos suramericanos de fútbol, para mí era incuestionable la participación del gigante suramericano. Brasil no sólo deleitaba a todo el mundo con su llamado “jogo bonito”, sino que era el único que realmente se le oponía a Argentina, el otro grande –geográfica y futbolísticamente hablando– de esa parte del continente. Más aún, por lo menos para mucha gente en Colombia, el fútbol brasileño se sentía más cercano y familiar que el argentino y el de otros países latinoamericanos por la participación de jugadores negros y el característico “toque-toque” del balón.

No obstante, ¿qué otra selección suramericana, sino la la brasileña, entraba a la cancha, con frecuencia sonriendo y con el cuerpo aparentemente relajado, como si no se tomara muy en serio y se dispusieran a divertirse y no exclusivamente a ganar? Brasil, incluso en los campeonatos regionales de fútbol, donde su presencia era incuestionable, daba la impresión de estar entre nosotros, pero no ser de los nuestros. Como me dijo una vez una amiga colombiana después de visitar Brasil por primera vez, “Brasil es un planeta aparte. Es el planeta Brasil”. Excepto que ese planeta daba la casualidad de que quedaba en una región del mundo que habían llamado “América Latina” y que, en Brasil, históricamente, han preferido llamar simplemente “América del Sur”.

La anterior no es una posición insólita, en realidad. Guardando las proporciones y diferencias, esta posición, que podríamos llamar insular, la ocupan otros países suramericanos, como aquellos que están entre Venezuela y Brasil al noreste de Suramérica: Guyana, Surinam y Guyana Francesa. Insisto, no es esa exactamente la posición de Brasil en América del Sur o en América Latina. ¿Quién, al coger un mapa de América y de América del Sur, puede escamotear la presencia de aquel “país continental” como a los brasileños –y sólo a ellos, que yo sepa– les gusta autodenominarse?

Pero, como descubriría cuando conociera y me relacionara con brasileños, ellos también sienten su insularidad continental e, incluso, históricamente se han enorgullecido de ella como veremos más adelante.

Continuará.

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Catalina Arango Correa ©

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